24. Los enigmas de Lady Joan

En una hermosa tarde en que el cielo claro sólo soportaba los arabescos violáceos del crepúsculo, Joan Brett recorría a paso lento el césped de la terraza superior de los jardines de Ivywood, donde los pavos reales arrastraban sus colas. Joan se parecía a aquellas aves gloriosas y no sólo por su belleza, sino también, podría decirse, por su inutilidad. Su cabeza tenía el mismo porte altivo, su cola no era menos opulenta y las circunstancias por las que atravesaba le daban frecuentes ganas de chillar. Porque, en realidad, de un tiempo a aquella parte, sentía que su existencia se cerraba sobre ella como un incomprensible marasmo, como un silencio continuo más difícil de soportar que un ruido persistente. Cada vez que se le ocurría mirar los setos de espino blanco del jardín, se le antojaban más altos que la vez anterior, como si aquellos muros vivientes pudiesen crecer indefinidamente hasta encerrarla. Cada vez que contemplaba el mar desde la torre, lo veía más lejano. De hecho, para ella, todas estas sensaciones indefinibles quedaban simbolizadas en la torrecilla cerrada por el nuevo tabique adornado al estilo oriental. En su infancia aquella ala terminaba en una puerta rota que daba a una escalera abandonada. A su vez, la escalera conducía a un bosquecillo descuidado y a un túnel olvidado al que ni ella ni nadie se sentía atraído. Pero, por lo menos, ella sabía lo que se encontraba más allá de la puerta rota y de la escalera abandonada. Mientras que ahora parecía que aquel trozo de tierra había sido vendido y agregado a la finca vecina, y, respecto a ésta, nadie parecía estar enterado de nada. Se le agudizó la sensación de que las cosas trataban de encerrarla. Mil detalles insignificantes contribuían a acentuar aquella sensación. Nada había podido averiguar sobre el nuevo vecino, que parecía ser un hombre de edad, muy deseoso de vivir aislado. La única cosa que pudo comunicarle miss Browning, la secretaria de Ivywood, fue que se trataba de un caballero del Mediterráneo, con lo cual igualmente se podía aludir a un americano que vive en Venecia que a un africano que habita cerca del Atlas. Esta ambigüedad probablemente era deliberada. Joan había divisado alguna vez criados con librea que se dedicaban a sus menesteres, y aquellas libreas no tenían nada de británico. Sin duda por culpa de su estado enfermizo, le molestaba comprobar que el uniforme de la antigua milicia de Pebblewick, bajo la influencia del prestigio adquirido por los turcos en la última guerra, había cambiado. Llevaban fez como los zuavos del Ejército francés y hay que confesar que eran mucho más prácticos que el pesado casco que lucían antes. Era, si se quiere, una nimiedad, pero que preocupaba a lady Joan, que, al igual que muchas mujeres inteligentes, era tan sutil como conservadora. Le daba la impresión de que estaban cambiando todo el mundo exterior y nadie le explicaba nada.

Pero no eran estas las inquietudes espirituales más serias que sufría durante aquella estancia en la casa de los Ivywood que había prolongado a ruegos de lady Ivywood y de su propia madre, que se encontraba muy enferma. Para decir las cosas cínicamente -como ella era muy capaz de decirlas-, Joan estaba enfrascada en la muy femenina tarea de intentar querer a un hombre. Pero semejante cinismo, como casi todos, resultaría falso; durante los días cruciales de aquel período, Joan realmente había sentido algo por aquel hombre.

Había sentido algo por él cuando le trajeron con la bala de Pump en la pierna, al ver que mantenía la calma y el aplomo mejor que los demás hombres que había en la estancia. Se había conmovido cuando él supo dominar el dolor con un temple admirable pese al mal cariz que tomaba la herida. Le gustó también cuando se abstuvo de dar muestras de resentimiento contra el irritado Dorian, y le entusiasmó cuando, apoyándose en su muleta, desoyendo consejos y súplicas, realizó su rápido e imprudente viaje a Londres. Pero, a pesar de la sensación de sentirse atrapada que hemos descrito, jamás le agradó tanto como aquella misma tarde, cuando, caminando penosamente con las muletas, había subido hasta la terraza del viejo jardín y se había acercado para hablarle entre los pavos reales. Él había llegado incluso a intentar acariciar la cabeza de un pavo como si se tratase de un perro. Le explicó entonces que aquellas magníficas aves, lógicamente, habían sido importadas de Oriente por el Imperio semioriental de Macedonia. A pesar de esto, Joan no pudo abstenerse de sospechar que él hasta entonces no se había dado cuenta de que hubiese pavos reales en la casa de Ivywood. Su mayor imperfección era lo orgulloso que estaba de la perfección de sus fuerzas intelectuales y morales; pero no advertía que en la parte inconsciente de su ser existía algo vagamente cómico que le favorecía mucho más que otras cosas a los ojos de aquella mujer.

--Se decía que era el ave de Juno -dijo-, pero estoy convencido de que Juno, lo mismo que tantos y tantos personajes de la mitología homérica, ha tenido un origen asiático.

--Pues a mí me ha parecido siempre que Juno poseía demasiada majestad para formar parte de un harén.

--Tú debes saberlo -replicó Ivywood con ademán cortés-, porque jamás vi a nadie que se pareciese a Juno tanto como tú. Pero opino que existe un error sobre lo que es la verdadera concepción árabe o hindú de la mujer. En cierta manera, es demasiado simple y demasiado sólida para que pueda comprenderla nuestra paradójica cristiandad. Hasta esa broma vulgar de que los turcos prefieren a las mujeres gordas es una prueba de lo que digo. Ellos, cuando expresan una supuesta preferencia, no se refieren a una mujer individual, sino a la mismísima feminidad como fuerza de la naturaleza.

--A veces esas seductoras teorías se me antojan un poco forzadas -dijo Joan-. El otro día, tu amigo Misysra llegó a decirme que en Turquía las mujeres gozaban de la mayor libertad, ya que se les permite llevar pantalones.

Ivywood contestó con una de sus glaciales y escasas sonrisas:

--El profeta revela de vez en cuando esa simplicidad que tan a menudo se hermana con el genio. No negaré que algunos de los argumentos que le he visto esgrimir me han parecido burdos y fantasiosos. Pero en lo fundamental tiene razón. Existe una clase de libertad que consiste en no rebelarse nunca contra la naturaleza, y creo que Oriente comprende mejor que nosotros esa libertad. Sin duda, Joan, es muy bonito considerar el amor a nuestra estrecha manera romántica, pero hay algo superior al amor de un amante e incluso al amor del amor.

--¿Y es...? -dijo Joan bajando los ojos.

--El amor del destino -dijo lord Ivywood con una especie de relámpago de pasión intelectual en los ojos-. ¿No dijo Nietzsche en alguna parte que la capacidad para recrearse en su propio destino es lo que distingue al héroe? Nos engañamos al pensar que los héroes y los santos del islam dicen kismet53 agachando la cabeza con tristeza. Pronuncian kismet con un grito de alegría. Lo que conviene; lo que debe ser; eso es lo que significa su kismet. En los cuentos árabes, el más perfecto de los príncipes se casa siempre con la más perfecta de las princesas, porque es lo que conviene, lo que debe ser. Los gigantes espirituales, los djins o genios, lo consiguen, hacen que se realicen los designios de la naturaleza. En las novelas de Europa, egoístas y sentimentales, la más perfecta de las princesas puede perfectamente dejarse raptar por un profesor de dibujo entrado en años. Tales cosas caen fuera del verdadero camino. El turco se sube a un caballo y galopa para ir a desposarse con la princesa más hermosa del mundo, conquista imperios para conseguirla y no se avergüenza de sus laureles.

Las nubes rugosas y moradas que orlaban la cola vespertina del cielo plateado, a los ojos de lady Joan se parecían cada vez más a los encajes y bordados de una cortina de plata de las cerradas galerías de la casa de Ivywood. Los pavos reales se tornaban más brillantes que de costumbre y, por primera vez, los vio como nacidos en la tierra maravillosa de Las mil y una noches.

--Joan -dijo Philip Ivywood casi susurrando bajo la luz del crepúsculo-, yo no me avergüenzo de mis laureles. No hallo sentido alguno a eso que los cristianos llaman humildad. Quiero ser el más grande de los hombres, si puedo llegar a serlo, y creo que puedo. Algo más fuerte que el amor, el destino y lo que debe ser, imponen que me case con la más bella de las mujeres. Y esa mujer está en este momento en medio de los pavos reales, más bella y más altiva que ellos.

Los ojos turbados de Joan estaban fijos en el horizonte y sus labios trémulos sólo pudieron suplicarle con una palabra que se callase.

--Joan -insistió Philip-, te he dicho que eres una mujer como la que pudo desear el mayor de los héroes. Déjame añadir ahora algo que sólo puedo decir después de haberte hablado de amor y de matrimonio. Cuando tenía veinte años y cursaba mis estudios en una ciudad de Alemania, me encontré una vez con eso que nuestro Occidente llama amor. Fue en una fiesta de pescadores de la costa, porque aquella ciudad estaba cerca del mar. Allí pudo terminar mi historia. Con semejante esposa me hubiese sido imposible llegar a ser diplomático; pero en aquella época esto me tenía sin cuidado. Pero poco tiempo después, viajando por la región de Flandes, me hallé encima de uno de los últimos meandros del Rin. Y se revelaron ciertas cosas sin las cuales hoy apestaría a pescado. Pensé en los innumerables parajes encantadores que el río había dejado detrás de su corriente. Allá en Suiza pudo consumir su joven energía en atravesar un paisaje elevado y rocoso, o en cualquier punto de Renania, perderse en un pantano cubierto de flores. Pero, no; él había proseguido su curso hasta el Mar del Norte, en perfecto cumplimiento del destino de un río.

De nuevo calló Joan y de nuevo continuó Philip:

--Hay otra cosa que quiero contarte y que no se habría podido decir antes de que el príncipe hubiese ofrecido su mano a la princesa. Es posible que Oriente lleve demasiado lejos su costumbre de los matrimonios entre niños. ¡Pero fíjate en todos esos otros matrimonios insensatos de juventud que acaban en desastre! ¿No crees que hubiera sido mejor que fuesen matrimonios entre niños? Los periódicos hablan siempre de la crueldad de las bodas reales. Pero me figuro que ni tú ni yo damos crédito a lo que dicen los periódicos. Sabemos que en Inglaterra no hay rey desde que su cabeza cayó segada en Whitehall.24.1 Tú sabes que somos nosotros, tú y yo, nuestras familias, los verdaderos soberanos de Inglaterra y que nuestros casamientos son casamientos regios. Y deja que los ignorantes los llamen crueles. Nosotros nos contentamos con decir que exigen un corazón valiente, que es el blasón de la aristocracia. Joan -repitió con ternura-, tal vez tú también conociste tus paisajes rocosos y tus pantanos cubiertos de flores. Tal vez también conociste... a la hija de un pescador. Pero existe algo más grande y más simple que todo eso, algo que se encuentra en las grandes epopeyas de Asia: la más bella de las mujeres, el más grande de los hombres y el destino.

--Milord -contestó Joan adoptando, por un instinto misterioso, el estilo feudal-, ¿queréis concederme un breve plazo para pensar sobre todo esto? Pero quisiera que no pensarais que soy desleal, sea cual sea mi respuesta.

--Ni que decir tiene -dijo Ivywood, inclinándose profundamente entre ambas muletas. En seguida dio media vuelta y se alejó, cojeando, entre los pavos reales.

Durante los días sucesivos Joan se esforzó en sentar los cimientos de su destino terrestre. Era aún muy joven, pero le parecía que hacía miles de años que estaba viviendo ante aquella obsesionante pregunta. Se decía y se repetía que muchas mujeres que valían más que ella se habían contentado con un plato de segunda mesa, que no era tan de primera como el que se le brindaba. Pero había una cierta complejidad hasta en el ambiente. Le gustaba oír a Ivywood, como gusta escuchar a un virtuoso del violín. Hay, sin embargo, momentos terribles en los que ya no se sabe si se escucha al hombre o al instrumento.

Además, entre los habitantes de la casa de Ivywood reinaba un curioso, un extraño estado de ánimo, sobre todo desde la herida y la convalecencia de Ivywood; una atmósfera que no acertaba a definir, pero que le resultaba vagamente irritante. Tenía algo de glorioso... pero también de lánguido. Por un impulso, que no es poco frecuente entre las personas inteligentes de las clases altas, Joan sentía la imperiosa necesidad de hablar a una mujer sensata de la clase media o baja, y se lanzó, por así decirlo, en brazos de miss Browning, sedienta de comprensión.

Pero miss Browning, con su pelo rojo y rizado y su rostro pálido y despierto, emitió la misma nota indefinible. Lord Ivywood reinaba en ella en calidad de primer principio, como si fuese el Padre Tiempo en persona o el Señor de las Condiciones Meteorológicas. Le llamaba «Él». A la quinta vez que oyó a miss Browning llamarle «Él», Joan sintió, sin saber por qué, un hálito de invernadero.

--Lo mejor será -decía miss Browning- que no entorpezcamos su carrera, que es lo que verdaderamente cuenta. Y creo que cuanto más calladas estemos mejor. Tengo la impresión de que está meditando planes muy importantes. ¿Oyó lo que dijo el profeta la otra noche?

--La última cosa que me dijo el profeta -contestó la más morena de las dos mujeres con cierta hostilidad- es que cuando un inglés ve a un muchacho sano y fuerte exclama: «¡Creciente!». Mientras que al descubrir a un anciano angustiado por los problemas exclama: «¡Vaya cruz que lleva!».

Una mujer dotada de un rostro inteligente como su interlocutora no pudo menos de sonreír, pero no abandonó el tema que había elegido:

--El profeta dice que todo amor verdadero lleva en sí algo de predestinación. Y estoy segura de que él piensa lo mismo. Las personas se agrupan en torno a un centro como las estrellas pequeñas en torno a una grande, porque una estrella es un imán. No hay manera de equivocarse cuando el destino sopla como un vendaval; y opino que muchas cosas han sido mal juzgadas porque no se ha tenido en cuenta esto. Es muy bonito hablar de los matrimonios entre niños de la India...

--Miss Browning -dijo Joan-, ¿realmente le interesan a usted mucho los matrimonios entre niños?

--Bueno... -dijo miss Browning.

--¿A su hermana también le interesan? ¡Se lo voy a preguntar! -gritó Joan, precipitándose en la salita donde estaba Mrs. Mackintosh, sentada a una mesa y cumpliendo sus deberes de secretaria.

--Pues -dijo Mrs. Mackintosh, volviendo su semblante, más hermoso que el de su hermana- para mí los hindúes tienen razón. Si se deja libre iniciativa a los jóvenes, se casan con cualquiera. Nosotras mismas podríamos habernos casado con un negro, con una pescadora o con un criminal.

--Por favor, Mrs. Mackintosh -arguyó Joan, con una severa mirada de sus ojos negros-, sabe de sobra que usted no se hubiese casado con una pescadora... ¿Dónde está Enid? -concluyó de súbito.

--Lady Enid está hojeando partituras en el jardín de invierno.

Joan atravesó varias salas y halló a su rubia y pálida prima sentada al piano.

--¡Enid -exclamó-, sabes que siempre te he tenido mucho cariño! Por el amor de Dios, ¡dime lo que sucede en esta casa! Admiro a Philip igual que todo el mundo, pero ¿qué es lo que sucede en esta casa? ¿Por qué tengo la sensación de que todos estos jardines y todas estas salas me oprimen cada vez más? ¿Por qué todo me parece más monótono cada día? ¿Por qué todos repiten lo mismo? Yo no tengo costumbre de hacer metafísicas, pero detrás de todo esto hay un propósito. No hay otra forma de decirlo: hay un propósito... y yo no sé cuál es.

Lady Enid tocó varios compases a guisa de prólogo y empezó a hablar con la mano sobre el teclado:

--Yo tampoco, Joan. Yo tampoco sé cuál es. Sé lo que estás pensando. Pero precisamente porque hay un propósito creo en él y no confío más que en él.

Se puso a tocar distraídamente, suavemente, una balada de la región de Renania, y fue sin duda la música la que le sugirió la observación siguiente:

--Suponte, por ejemplo, que estás sobre uno de los últimos meandros del Rin, en el sitio en que desemboca en...

--¡Enid! -interrumpió Joan-, como digas: «en el Mar del Norte» me va a dar un ataque de nervios. Un ataque, ¿comprendes? Y me pondré a chillar más fuerte que todos los pavos reales juntos...

--¡Pero -replicó lady Enid con una expresión de desvarío- es que el Rin desemboca en el Mar del Norte!

--Estoy segura -contestó Joan insolentemente- de que para ti hubiera dado lo mismo que desembocase en un estanque de patos hasta el momento en que...

--¿Hasta qué momento? -interrogó Enid suspendiendo en seco sus arpegios.

--... en que sucedió algo que no puedo comprender -contestó Joan alejándose.

--Es a ti a quien yo no comprendo -replicó Enid Wimpole-. Pero si esta balada te aburre, puedo tocar otra cosa.

Y se puso de nuevo a hojear los cuadernos de música.

Joan desanduvo lo andado a través de las salas y volvió a sentarse en la que ocupaban las dos secretarias.

--¿Entonces? -inquirió la pelirroja y jovial Mrs. Mackintosh sin levantar la vista-, ¿ha llegado a alguna conclusión?

Durante un momento Joan parecía aún más angustiada de lo habitual en los últimos días, pero después declaró en un tono cándido y cordial que contrastaba con sus cejas fruncidas:

--La verdad es que no. Pero al menos he descubierto dos cosas; y las dos son sobre mí misma. He descubierto que amo el heroísmo, pero que no siento el culto del héroe.

--Lo cierto -replicó miss Browning con un deje de pedantería- es que un sentimiento procede del otro.

--Espero que no -dijo Joan.

--Pero, ¿qué puede hacerse por el héroe- insistió Mrs. Mackintosh, sin levantar la frente de sus papeles- sino adorarlo?

--¡Crucificarlo! -exclamó Joan, volviendo a sentir un violento malestar y levantándose de la silla-. Al menos así ocurre algo.

--¿Está cansada? -le preguntó la hermana del rostro inteligente.

--Sí -dijo Joan-. Siento el peor de los cansancios. El que no tiene motivo. Para ser sincera, creo que estoy cansada de esta casa.

--Es muy antigua, claro está -dijo Mrs. Browning-, y algunas de sus dependencias son todavía algo lúgubres; pero él la ha mejorado mucho. La decoración de la nueva sala y de la torrecilla, con sus medias lunas y sus estrellas, es realmente muy...

Entretanto, en la sala distante, lady Enid, que sin duda había dado con la partitura que buscaba, deslizaba sus dedos sobre el piano. Al oír las primeras notas, Joan Brett se irguió como una pantera.

--¡Gracias! -dijo con amable rudeza-. ¡Era eso, naturalmente! Ha encontrado exactamente la melodía que conviene. ¡Eso es lo que somos todas!

--Pero, ¿qué es lo que toca? -preguntó la secretaria sin comprender.

--Una melodía de arpa, de sacabuche, de salterio, de dulzaina, y de todos los instrumentos de música que tendremos que tocar -dijo Joan con una mezcla de furia y de dulzura- cuando nos postremos para adorar la Imagen Dorada erigida por Nabucodonosor, nuestro rey. ¡Mujeres! ¿Sabéis lo que es este sitio? ¿No sabéis por qué tantas puertas se cierran sobre tantas puertas y tantas rejas sobre tantas rejas? ¿Por qué todo está cubierto de cortinas y ahogado de cojines? ¿Y por qué las flores que nos sofocan con su aroma no son las de nuestros campos?

De la estancia lejana en que empezaba a caer la sombra, les llegó la voz fina y clara de Enid Wimpole:


Menos que el polvo bajo las ruedas de tu carro

y menos que la herrumbre, ausente de tu sable...24.2


--¿Sabéis lo que somos? -dijo lady Joan Brett-. ¡Somos un harén!

--Pero, ¡cómo!, ¿qué quiere decir? -exclamó la más joven de las dos secretarias, presa de gran agitación-. ¿Cómo? Lord Ivywood nunca...

--Sé lo que no ha hecho nunca. No sé siquiera -dijo Joan- si alguna vez lo va a hacer. No llegaré a comprender a este hombre, ni llegará nadie. Pero os aseguro que ésa es la intención. Es lo que somos y esta sala huele a poligamia tanto como a lirio.

--¿Qué te pasa, Joan? -exclamó lady Enid entrando en la habitación como un fantasma de alta alcurnia-. ¿Qué demonios te pasa? Estás blanca como la pared.

Joan, sin preocuparse de contestarle, continuó con su obstinada argumentación.

--Además, de sobra sabemos que le gusta hacer las cosas gradualmente. Es lo que él llama evolución, relatividad y expansión progresiva de los círculos del pensamiento. ¿Cómo sabemos que no lo está haciendo lentamente, con la idea de irnos acostumbrando a este género de vida a fin de que el paso siguiente nos choque menos? Nos aprisiona en la atmósfera de la casa antes de introducir -aquí se estremeció- esa institución. ¿Es menos estrafalario este plan que los otros de Philip Ivywood? ¿Más escandaloso que el que nos ha llevado a tener un cipayo por general en jefe y a Misysra Ammon como predicador en la abadía de Westminster, o que el que nos ha llevado a cerrar todas las tabernas de Inglaterra? Yo me niego a sufrir ninguna clase de expansión. Me niego a evolucionar. No quiero dejar de ser yo misma. Saldré de estos muros aunque tenga que vivir sin techo, y si no me dejan salir chillaré tan desesperadamente como si me hubieran encerrado en un antro del puerto.

Echó a correr hacia la cámara de la torrecilla, obedeciendo a una repentina necesidad de soledad, pero al pasar por delante del tabique de madera labrada que con sus decoraciones astronómicas condenaba la antigua ala del edificio, Enid vio cómo la golpeaba con el puño.

En la torrecilla le esperaba una extraña aventura. Se había refugiado en ella buscando un sitio para meditar a solas sobre la manera de liquidar el asunto con Ivywood cuando éste volviera de su viaje a Londres. Hablarle a la anciana lady Ivywood hubiera sido, realmente, tan inútil como describir las torturas chinas a un bebé. La tarde declinaba en calma, pálida y gris. Aquella parte de la finca de Ivywood era siempre la más solitaria. Grande fue, pues, su sorpresa cuando su ensueño de silencio y de melancolía se vio roto por un ruido, por un murmullo de pasos y de voces. Renació por unos momentos el silencio, pero una voz poderosa lo quebró de repente, acompañada por unos sones difíciles de definir, sones de laúd o quizá de viola:


Señora, la luz muere allá en la altura.

Como la luz dejadnos acabar.

Vuestro guante fue prenda de ventura

el día en que sonó la hora de amar.


Corríamos gozosos

los bosques de Ivywood,

cantaba en nuestras almas

la loca juventud.


Señora, ¡cómo llueven los luceros!

Mucho es la vida, pero no lo es todo.

Tengo esperanza de volver a veros

cuando mi alma se libre de este lodo.


Alianza de oro me disteis por amor.

Ha sido mi tesoro, no lo tuve mejor.


Se interrumpió el canto y el rumor entre los arbustos del exterior se convirtió en poco más que un susurro. Pero pronto los ruidos de pasos y voces se fueron generalizando alrededor de toda la casa; y el silencio de la noche era sustituido por algo vivo que definitivamente no podía ser solamente un hombre.

Oyó un grito a su espalda y Enid se precipitó en la estancia, tan pálida como sus lirios.

--¡Está ocurriendo algo terrible! -gritó-. El patio está lleno de hombres que vociferan, se ven antorchas por todos lados y...

Joan oyó los pasos apresurados de una multitud y distinguió a lo lejos otro canto que se elevaba, con aire de reto y de burla que decía:


Pero Ivywood, lord Ivywood,

pudre el árbol como la yedra...


--Creo -dijo Joan- que es el fin del mundo.

--Pero, ¿qué hace la policía? -exclamó temblando su prima-. No se les ve en ninguna parte desde que llevan el fez. Nos van a degollar...

Sonaron tres golpes solemnes y acompasados en el tabique esculpido que cerraba el fondo de la estancia, como si un gigante pidiese entrar a mazazos. Enid, que ya había juzgado violento el puñetazo de Joan, se estremeció. Y las dos muchachas miraron fascinadas las lunas, las estrellas y demás astros pintados sobre aquel tabique sagrado temblar y saltar como en el primer temblor del Juicio Final.

Entonces el Sol cayó del cielo, y la Luna y las estrellas se desprendieron y quedaron esparcidas sobre la alfombra persa; y por aquel hueco en el fin del mundo entró Patrick Dalroy, que llevaba una mandolina.