3. La clave es el cifrado

El secreto de Turing había sido revelado, y su sexualidad era ahora de dominio público. El gobierno británico le retiró su acreditación de miembro de la seguridad. Se le prohibió trabajar en proyectos de investigación relacionados con el desarrollo del ordenador. Fue obligado a consultar a un psiquiatra y tuvo que someterse a un tratamiento de hormonas, que lo dejó impotente y obeso. Durante los dos años siguientes sufrió una grave depresión, y el 7 de junio de 1954 se fue a su dormitorio con un tarro de solución de cianuro y una manzana. Veinte años antes había coreado la rima de la bruja mala: «Moja la manzana en la poción, que la muerte durmiente penetre en profusión». Ahora estaba listo para obedecer su conjuro. Mojó la manzana en el cianuro y dio varios mordiscos. Con sólo cincuenta y dos años, uno de los genios verdaderos del criptoanálisis se suicidó.

SIMÓN SINGH, Los códigos secretos


Cuando todo Dios arrima el ascua a su sardina, nadie se acuerda de los que encendieron el fuego. En respuesta a la iniciativa del gobierno británico de permitir el espionaje a los trabajadores por parte del empresario, Kriptópolis lanzó a primeros de noviembre la «Primera Campaña por la Intimidad de las Comunicaciones Electrónicas en el Trabajo». Tres semanas después, la iniciativa era asumida como propia por los partidos de la oposición. Al calor de la hoguera política, muy pocos mencionaron a aquellos que encendieron la antorcha, pese a que los argumentos que los líderes sociales exponían estaban calcados de las propuestas de Kriptópolis. Sólo la Asociación de Internautas puso las cosas en su sitio, y en una valiente apuesta de futuro, asumió los postulados de la campaña.

Me he cansado en estas semanas de asistir a tertulias jurídico-técnicas sobre el tema, y la verdad es que estoy hastiado de tanta palabrería vacua. Se está enmascarando con jerga jurídica lo que no es sino un debate político de primer orden. Estoy harto de cargar con etiquetas, pero son gajes del oficio: nos han llamado de todo, desde cibergamberros a pseudointelectuales binarios. Y todo es mucho más sencillo: hackers y criptógrafos son hoy los últimos reductos de la resistencia binaria. El capital y sus medios de comunicación han ganado la primera batalla en la Red, y se avecina una guerra larga y sucia, donde algunos tendremos que sobrevivir a base de emboscadas.

Se puede despedir a un trabajador por pasarse las mañanas en los servicios, pero no se le puede instalar una cámara en el retrete. Se puede sancionar a quien llama a su novia de Cáceres con cargo a la empresa: basta controlar los números a los que llama y la duración de las llamadas. Y se puede echar a la calle al impresentable que se dedica a saturar el ancho de banda con ficheros guarros: sólo hay que controlar el flujo de e-mails, sus cabeceras y el número de bytes. En ningún caso es necesario intervenir el contenido de las comunicaciones para defender los intereses de la empresa. Entre otras cosas, porque es un delito.

No es necesario aprobar nuevas leyes para garantizar la intimidad del correo electrónico: está protegida por el Código Penal. El artículo 18 de la Constitución garantiza la inviolabilidad de las comunicaciones postales, telegráficas y telefónicas: no menciona los e-mails porque en la España de 1978 aún se usaba la vietnamita. Pero el Código Penal es la constitución en negativo: cuando se castiga de la misma forma una conducta que otra, el bien jurídico protegido tiene un valor similar. Y el artículo 197 del Código Penal impone la misma pena al que rasga un sobre que al que abre un correo electrónico.

Las consultorías estadounidenses han formado un lobby con los estómagos agradecidos de periodistas controlados. En la práctica, actúan como la oficina de negocios de la embajada yanqui, con métodos de estirpe italoamericana. Cualquier noticia sobre la Red es automáticamente indexada por sus gabinetes de imagen. En cuestión de minutos, desplazan al niño pijo de servicio hasta el micrófono más cercano. Y los que escogimos el bando de los perdedores tenemos que echarnos al monte. Y el monte es el cifrado.

Decía Maquiavelo que a los hombres hay que congraciarles con un trato de favor o destruirlos, porque pueden vengarse de las ofensas leves, pero no pueden vengarse de las graves; por eso, cuando se ofende a un hombre, hay que hacerlo de forma que no haya que temer posibles venganzas. Nunca debe ofrecerse la revancha a un lobo acorralado: la partida es larga, y antes o después acabarán por reunirse en la jauría todos aquellos a quienes se hizo daño. Siempre es mejor ser temido que ser amado, especialmente cuando se busca el cuerpo a cuerpo que rehuyen los cobardes: esos que se dan golpes de pecho olvidando que el cordero volverá como león. Quien quiera entender, que entienda: la clave es el cifrado.


Barcelona, 29 de noviembre de 2000