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Auschwitz o el Holocausto

Fernando Díaz Villanueva*

En memoria de todos los que murieron a causa de la barbarie y el sinsentido nazi.


El 27 de enero de 1945, soldados del Ejército Rojo que pertenecían al primer frente ucraniano franquearon las puertas del mayor, peor y más letal campo de exterminio que haya conocido la humanidad. Era un típico día de invierno en el sur de Polonia, la nieve lo cubría todo y aún se podía respirar el humo que salía de los crematorios, que las SS habían dinamitado para borrar las huellas del crimen. Todo lo que se encontraron los soviéticos fue una masa informe de almas deambulantes y esqueléticas que iban sin rumbo de un lado a otro, en espera de su inevitable final.

Aunque los atónitos soldados que habían llegado al campo todavía no lo sabían, en aquel rincón perdido y abandonado de la mano de Dios se había perpetrado el mayor asesinato en serie de la historia. Su nombre: Auschwitz-Birkenau. Su razón de ser: exterminar a un pueblo entero, borrarlo de la faz de la tierra; en silencio, dejando como único testigo las tupidas aguas del río Sola, adonde habían sido arrojadas, día tras día y durante años, las cenizas de los que morían de hambre, a manos de los guardias o en las cámaras de gas.

El balance era estremecedor. En el campo principal, el de Auschwitz, sólo quedaban unas mil personas con vida; en el de Birkenau, la factoría de la muerte, 6.000; en el tercero, el de Monowitz, dedicado al trabajo esclavo, 600, que se refugiaban como animales asustados en la fábrica de IG Farben, una de las empresas alemanas que se habían aprovechado de la abundante mano de obra que proporcionaba el Reich. Menos de 8.000 supervivientes en un lugar donde, en menos de un lustro, habían sido asesinadas a mansalva más de un millón de personas inocentes.

Aunque el de Auschwitz fue uno más de toda una constelación de campos consagrados al exterminio, es, por méritos propios, el símbolo inmortal del Holocausto, del asesinato premeditado y planificado de millones de seres humanos, condenados a muerte por el mero hecho de ser judíos. En su interior se dio cita toda la crueldad y la infamia que puede caber en el alma humana. Nuestra lengua carece de adjetivos para aproximarse siquiera al dolor y al sufrimiento que unos fanáticos infligieron gratuita y concienzudamente a un millón largo de inocentes.

De los guetos a la Operación Reinhard

Tras la conquista de Polonia, en 1939, los alemanes reorganizaron el país a su antojo. Una parte fue anexionada al Reich para servir de Lebensraum o espacio vital a la “raza superior”, llamada a dominar el mundo. En la otra se constituyó un área ocupada que recibió el nombre de Gobierno General de Polonia. La idea de los nazis, tal y como Hitler insistía una y otra vez, era convertir a los polacos en un pueblo esclavo al servicio de sus amos, étnicamente superiores. Para ello era preciso dotarles de un pequeño territorio gobernado por alemanes y, naturalmente, mantenerles sometidos, para evitar que en un futuro se rebelasen. Se decidió entonces que ningún polaco pudiese acceder a la educación. Con las letras básicas y un profundo adoctrinamiento para enseñarles quién mandaba y quién obedecía sería suficiente.

Lo de los judíos era otro cantar. En los delirios nazis, el judío era algo peor que un pueblo esclavo destinado a servir a los alemanes: era un pueblo culpable cuyo único destino posible era la desaparición. Al principio se pensó en crear una “reserva hebrea” en los bordes del Reich, idea que fue pronto desechada. Los gobernantes nazis despreciaban al eslavo, lo consideraban inferior, pero consentían su existencia dentro del nuevo orden establecido. Al judío, sin embargo, lo aborrecían, lo culpaban de todos los males y no ocultaban que su lugar natural era estar bajo tierra. El problema es que eran muchos, especialmente en Polonia. ¿Qué hacer con ellos?

En un principio se decretó la concentración de los judíos polacos en las ciudades del Gobierno General. Decenas de miles fueron recluidos en minúsculos recintos cercados de las principales ciudades del país. En algunos, como los de Varsovia, Lodz y Cracovia, fueron hacinaros por cientos de miles. Sólo en el gueto de Varsovia malvivían 400.000 personas. Las condiciones de los guetos eran infames. Faltaban la comida, el agua y los servicios médicos. Como consecuencia, la mortalidad era altísima. Pero no era suficiente para los nazis. Morían demasiado despacio; además, el mantenimiento de los guetos representaba un continuo dolor de cabeza para el gobernador general.

Holocausto en Polonia

En 1942, después de la decisiva reunión de Wansee en la que se decidió la “Solución Final” para el problema judío, los nazis empezaron a vaciar los guetos. Su destino era un nuevo tipo de campo, concebido para albergar a los prisioneros el tiempo justo de eliminarlos. Un comandante de las SS, Herman Höfle, fue comisionado por Himmler para inaugurar el exterminio sistemático en una operación sin precedentes. Se la denominó Aktion Reinhard. Se ultimaron las obras de los campos de Majdanek, Sobibor, Treblinka y Belzec, y al poco los grandes guetos de Varsovia, Cracovia y Lodz fueron evacuados. En trenes de ganado, cientos de miles de personas fueron conducidas a estos campos y liquidadas casi en el acto.

El método era tan sencillo y, a la vez, tan perverso que causa escalofríos sólo describirlo. Nada más llegar al campo, los pasajeros descendían de los vagones y eran divididos en tres categorías: mujeres, hombres y niños. Nada hacía pensar a las víctimas su inevitable final. El engaño era absoluto. En Treblinka, por ejemplo, los alemanes crearon un bello decorado para la estación de llegada. Desde los trenes se veían casitas de madera rodeadas de jardín y junto al bosque. La estación propiamente dicha semejaba un pequeño apeadero de pueblo, con su preceptivo reloj, que, al carecer de mecanismo, marcaba siempre las tres de la tarde. Muchos de los que llegaban al matadero pensaban que ése era el lugar que Hitler había elegido para reasentar a la comunidad judía, en el confín oriental del Gran Reich. Las casitas eran reales, pertenecían a los oficiales del campo, pero la estación era un ramplón decorado de cartón piedra.

Una vez separados por sexos se les llevaba a un área específica, donde debían desnudarse y dejar todas sus pertenencias. A cambio se les entregaba un cordel, con el que debían anudar sus zapatos; para que creyeran que, tras la desinfección, iban a recuperarlos. Vana ilusión: tras desprenderse de todo pasaban a un patio, donde guardias de las SS les azotaban con látigos para que fuesen entrando en una cámara cerrada herméticamente. Les hacían correr para que, fatigados, inhalasen más aire dentro de la cámara. Allí, la máquina de la muerte se ponía en marcha.

Los guardias encendían un motor diésel, conectado por un tubo a la cámara. En pocos minutos todo había acabado. Se abría entonces la cámara y unos equipos (los Sonderkommando), formados por judíos, entraban a limpiar la estancia de cadáveres. Volvían a registrar los cuerpos uno a uno, por si habían escondido alhajas en la boca, el recto o la vagina. Una vez hecha esta comprobación los trasladaban a las fosas comunes, donde eran enterrados en hileras cubiertas de cal. Todo el proceso se había desarrollado con exactitud de relojero: en menos de cuatro horas, a contar desde la llegada al campo, los judíos habían sido ejecutados y enterrados.

Esa era, al menos, la ilusión de los que habían diseñado el sistema. Lo cierto es que no siempre fue así. Los comandantes de los campos, poseídos por un instinto asesino propio de psicópatas, forzaban la maquinaria constantemente. En Belzec, su comandante, Cristhian Wirth, apodado el Salvaje, pronto superó la capacidad de exterminio de su campo y tuvo que solicitar a Berlín la construcción de nuevas cámaras. Wirth era el modelo de oficial de las SS que siempre quiso tener Himmler: un asesino implacable y tenaz que no ahorraba sufrimientos a los judíos que le había tocado exterminar. En su campo decidió que el gas de las cámaras fuese el monóxido de carbono; pero no el proveniente de bombonas, sino el de un motor de explosión. Así provocaba una muerte más lenta, una dolorosa agonía que hacía las delicias de este demente. En Sobibor, el campo tuvo que ser cerrado durante dos meses, en el verano de 1942, para que se reordenasen las líneas férreas, que habían quedado colapsadas con los convoyes de la muerte.

Treblinka fue el emblema de los campos de la Aktion Reinhard. Entre sus alambradas se asesinó a casi un millón de judíos. Tal fue el ritmo que se imprimió a las labores de exterminio que el caos generado desembocó en una rebelión interna, la única de envergadura que tuvo lugar en los campos nazis. El comandante de Treblinka era el médico Irmfried Eberl, un trastornado que se empeñó en batir todos los récords de genocidio para hacer méritos en la cancillería del Reich. A sus órdenes se encontraba Kurt Franz, llamado Lalka por los judíos que servían en el campo, el verdadero alma de Treblinka.

Todos los hombres tenemos un entorno en el cual nos encontramos a nuestras anchas: el de Lalka era Treblinka. Se vanagloriaba de poder matar a 6.000 judíos en sólo 76 minutos, tiempo que se había tomado el trabajo de cronometrar. Bajo su supervisión directa se llegaron a despachar hasta cuatro trenes diarios llegados de Varsovia, con 25.000 personas a bordo.

El dúo Eberl-Franz estaba convencido de que podía superar los límites. Siguieron pidiendo trenes a las autoridades de las SS, asegurando que Treblinka daba abasto gracias a su eficiente gestión del campo. Las cámaras de gas funcionaban día y noche, pero no era suficiente. Franz dio orden a sus guardias de ir abatiendo a tiros a los prisioneros. Se encaramaban en tejados y disparaban sin cesar a la multitud que acababa de bajar del tren. Esto solía ocasionar un caos considerable, caos que se resolvía con más y más balas. Durante meses las vías del tren estuvieron jalonadas de un sinfín de cadáveres que no daba tiempo a enterrar. El olor de los muertos en descomposición llegaba hasta las aldeas polacas circundantes, lo que obligó a las SS a intervenir. Eberl fue cesado; pero no por genocida, sino por haber organizado tan malamente el genocidio. Porque, para la mentalidad nazi, el exterminio judío era un ajuste de cuentas privado, entre ellos y sus indefensas víctimas. Hitler moriría años más tarde orgulloso de su “obra”, pero mientras la estuvo llevando a cabo se cuidó muy mucho de que fuese conocida por la comunidad internacional.

Cumplido su cometido de liquidar a los habitantes de los guetos, los campos de la Aktion Reinhard fueron cerrados y desmantelados. Los continuos reveses en la campaña rusa a partir de 1943, además, hacían temer a Himmler que algún campo cayese en manos de los rusos y se descubriese el horror. En Sobibor se abrieron las fosas y se ordenó quemar los restos para tratar de ocultar la carnicería. Hoy, de ellos tan sólo queda el recuerdo. Un ominoso recuerdo que pesará por siempre en la conciencia de Europa. En lo que fue Sobibor se erige hoy el Santuario Nacional de Polonia. El antiguo solar de Treblinka hoy lo preside un gran monolito en memoria del casi millón de vidas que se perdieron allí.

Auschwitz, la guinda de la Solución Final

La Aktion Reinhard había alumbrado un novedoso, macabro y muy eficiente tipo de exterminio de población civil. En los cuatro campos donde se aplicó se había liquidado, a finales de 1942, a casi 1,3 millones personas, la inmensa mayoría judíos polacos que habían estado confinados en guetos. El sistema había pulido todas sus deficiencias originales. Los alemanes habían aprendido, por ejemplo, que no sólo había que matar, también eliminar el cuerpo definitivamente, sin dejar rastro. Habían testado la capacidad de exterminio de las cámaras, y los flujos humanos que podían absorber en un tiempo determinado. Poseían un conocimiento directo de cómo organizar un campo y ponerlo a funcionar en pocas semanas. Los responsables del genocidio, oficiales y guardias de las SS, estaban entrenados y especialmente motivados con su cometido, que muchos consideraban sagrado. Los transportes estaban organizados, y el personal ferroviario, perfectamente adiestrado en las deportaciones masivas. A principios de 1943, en pleno ecuador de la guerra, cuando los soldados del VI Ejército alemán eran masacrados en Stalingrado, ante la indiferencia absoluta del Führer, la maquinaria de exterminio ciego y sistemático estaba perfectamente engrasada.

Le había llegado el turno a Auschwitz. El campo de la Alta Silesia había sido mandado construir tres años antes, poco después del comienzo del conflicto, junto a un pueblo llamado Oswiecim. Todo lo que había en el lugar eran unos barracones semiabandonados que utilizaba el ejército polaco y que databan de la época austrohúngara. Los primeros reclusos fueron puestos a remozar lo existente y a levantar desde cero el campo en el que, poco después, se tendrían que dejar la vida trabajando.

El diseño de campos estaba muy depurado en esa fecha. Los alemanes poseían en el territorio del Reich todo un sistema penitenciario que funcionaba a pleno pulmón. Todo estaba ya inventado. La disposición de los barracones, las jerarquías internas, la organización de los guardias. Cuando estalló la guerra, hasta el siniestro sistema de kapos de barracón estaba establecido. Los kapos fueron un invento nazi, adoptado por primera vez en Dachau, que consistía en elegir de entre los reclusos de cada barracón a uno, que disponía de un poder absoluto sobre sus compañeros de presidio. Ser kapo en Dachau, en Auschwitz o en cualquier otro campo era un requisito casi imprescindible para sobrevivir.

La idea primera era convertirlo en un simple campo de tránsito para polacos y otros prisioneros de guerra. Pronto se abandonó, y empezó a dar cabida a todo tipo de condenados, desde presos políticos hasta homosexuales. La naturaleza primigenia del campo era el trabajo, de ahí que su primer y más célebre comandante, el infame Rudolf Höss, hiciese inscribir sobre la puerta principal la leyenda Arbeit macht frei (“El trabajo libera”). Naturalmente, el trabajo, en Auschwitz, no liberó a nadie. El trabajo, siempre forzado, se consideró el paso previo a la muerte. Rudolf Höss, que había servido como guardia en el campo bávaro de Dachau, conocía bien lo que, para los nazis, significaba “trabajo”.

Durante su primer año de existencia Auschwitz pasó casi desapercibido, y fue conformándose como un campo auxiliar donde iban a parar, principalmente, prisioneros de guerra. La invasión de Rusia, en el verano de 1941, aceleró esa tendencia. En otoño de ese año, tras el fulgurante avance de la Wehrmacht por las llanuras de Bielorrusia, fueron deportados a Auschwitz 10.000 prisioneros soviéticos, a los que, nada más llegar, se les encargó la construcción de un campo anejo, a unos tres kilómetros de distancia del principal, en el área de Brzezinka o Birkenau, tal y como lo denominaron oficialmente los alemanes. Pasados unos meses, de los constructores soviéticos de Birkenau apenas quedó una centena con vida. Las condiciones eran brutales. Se les empezó a tatuar el número de identificación en el cuerpo como si fuesen reses. Ésta fue una de las innovaciones de Auschwitz; de hecho, fue el único campo nazi que hizo uso de ella. Las raciones de comida rara vez pasaban de una sopa aguada y algo de pan de centeno, y las jornadas de trabajo las marcaba el viaje del sol por el arco celeste –lo que ocasionó que en verano superasen, con creces, las catorce horas.

La mortalidad era tan grande que el promedio de vida en las instalaciones para los trabajadores era de unas dos semanas. Los barracones amanecían cada mañana con infinidad de cadáveres, gentes que habían perecido durante la noche víctimas de la inanición y el agotamiento. Eso hacía que Höss se sintiese ufano. Auschwitz empezaba a ser el paradigma del campo perfecto. Y no sólo porque se hacía trabajar hasta el último suspiro a los internos, también porque, tras ese disfraz, su comandante estaba poniendo los cimientos de la industria de la muerte que lo convertirían, a la vuelta de unos años, en la capital del genocidio.

En Auschwitz se instaló la primera cámara de gas; y fue el primer campo en emplear el mortífero Zyklon B. Ya desde la construcción del primer campo, el principal, los mandos nazis se encargaron de que uno de los bloques, el 11, fuese destinado a las torturas y ejecuciones. Las pésimas condiciones físicas en que se encontraban los presos no hacían, en principio, temer por sublevaciones o revueltas, pero el castigo formaba parte de la naturaleza del lugar. En Auschwitz cualquiera podía ser golpeado hasta la muerte; en cualquier momento y por cualquier causa. O sin causa, que solía ser lo más habitual.

El Bloque 11 tenía su propia organización interna. Había dos procedimientos: el veredicto 1, que significaba tortura, y el veredicto 2, que era sinónimo de ejecución inmediata. Muchos condenados por el primero hubiesen deseado serlo por el segundo. El abanico de tormentos que se practicaron en el Bloque 11 hubiese dejado blanco al más avezado y cruel inquisidor español. Latigazos, descoyuntamientos, reclusiones de castigo en celdas a oscuras donde no había posibilidad de sentarse, ahogamientos. La crueldad que desplegaban los oficiales alemanes no tenía límite. A algunos presos les introducían la cabeza en estufas de carbón hasta que, ciegos y abrasados, fallecían. A otros les prolongaban el dolor metiéndoles agujas entre las uñas. Suerte tenía el que sólo recibía un balazo en la nuca, beneficio reservado sólo para unos pocos afortunados.

El descubrimiento del Zyklon B fue fortuito. El comandante Höss se encontraba fuera del campo, y a su lugarteniente Fritsch se le ocurrió que podía aplicarse a los humanos un insecticida utilizado para combatir las frecuentes plagas. Auschwitz estaba situado en una zona húmeda, drenada por dos ríos, que en verano se llenaba de mosquitos y todo tipo de insectos. La nula higiene de los prisioneros y la abundancia de cadáveres hacía, además, que este problema se multiplicase. Los guardias los combatían con ácido prúsico cristalizado, un compuesto sólido envasado en latas. La perturbada lógica de Fritsch le llevó a pensar que era un método óptimo de acabar con grandes cantidades de personas de un golpe, limpiamente, sin mancharse de sangre y, lo mejor, sin tener que mirarles a la cara. A su regreso, Höss recibió la idea con agrado, y puso en marcha la primera cámara en los sótanos del Bloque 11. Habían dado con la ejecución perfecta, y así se lo hicieron saber a Himmler, que quedó encantado.

Con el complejo de Birkenau en funcionamiento, a principios del verano de 1942 Auschwitz empezó a recibir judíos como campo auxiliar de la Aktion Reinhard. Los trenes llegaban principalmente de Europa occidental y de Eslovaquia. Ésta es la razón por la que gran parte de los judíos franceses, belgas y holandeses fueron ejecutados en Auschwitz y no en los campos de la Aktion Reinhard. En julio, Himmler en persona visitó el campo y supervisó las tareas de exterminio. Él, que había quedado tan impresionado por los fusilamientos masivos de judíos a cargo de los Einsatzgruppe el año anterior, encontró idóneos los nuevos métodos de eliminación.

En Auschwitz, sin embargo, se mataba poco en aquellos meses. Sólo tenía dos cámaras de gas operativas, conocidas como la Casita Roja y la Casita Blanca, y un crematorio de reducidas dimensiones. No era necesario más. El grueso de la operación recaía en los campos orientales de Treblinka y Sobibor. Auschwitz aún era considerado por los alemanes un centro destinado, eminentemente, al trabajo esclavo en sus dos modalidades: los trabajos forzados para los prisioneros de guerra y el trabajo en las empresas del Reich.

En menos de un año las cosas habían cambiado radicalmente, y Auschwitz, que no había dejado de crecer y mejorar sus instalaciones, era el compromiso exacto entre genocidio y trabajo que buscaban los gobernantes del Reich; especialmente, los que trataban a diario con lo que, ya en 1943 y con dos millones de muertos en su haber, seguían denominando “problema judío”. Auschwitz lo tenía todo, y el responsable primero del Holocausto –el último siempre fue Adolf Hitler–, Heinrich Himmler, lo sabía. Como campo de trabajo estaba más que rodado, y su situación era idónea: ni demasiado al este como para alargar en exceso los viajes y correr el riesgo de caer en manos del enemigo, ni demasiado al oeste, en el Viejo Reich, solar de la raza aria. El campo se encontraba en el mismo corazón de la Europa nazi. Era, por decirlo de algún modo, la otra cara de Berlín, la capital del Reich de los mil años.

Las empresas alemanas habían acudido a Auschwitz como moscas a la miel. Dentro de los lindes de jurisdicción de la autoridad del campo llegó a haber decenas de subcampos destinados a albergar diversas instalaciones industriales, que se beneficiaban del trabajo esclavo. Tal fue la demanda, que la IG Farben construyó el tercer gran complejo de Auschwitz: el campo de Monowitz. Cientos de miles de judíos trabajaron hasta la muerte en esta empresa, y en otras que fabricaban todo tipo de bienes a cuenta del Reich, al cual vendían buena parte de la producción.

Las condiciones de vida de estos campos no eran mucho mejores que las de Auschwitz I o Birkenau. Las raciones de comida eran escasas e insuficientes, las jornadas, agotadoras, y enfermedades como el tifus o la disentería campaban a sus anchas. Los empresarios no tenían problema alguno: si un interno moría, y lo hacían en cantidades industriales cada semana, solicitaban a las SS los reemplazos pertinentes. Se estima que el trabajo esclavo en Auschwitz llegó a reportar a las arcas del Estado alemán unos 30 millones de marcos, que podrían haber sido muchos más si el trabajo no hubiera sido tomado como un método de ejecución lenta.

La infernal explotación de los obreros esclavos en Monowitz enlaza directamente con otra de las actividades más recordadas e infames de Auschwitz: la experimentación médica con seres humanos. En el modo de ver el mundo de los nazis, los judíos eran un tumor que había que extirpar cuanto antes del cuerpo de la humanidad. Eso, sin embargo, no era obstáculo para que los cirujanos encargados de la operación, los nazis, aprovechasen la coyuntura exprimiendo hasta la última gota los beneficios que para la sociedad podían extraerse del exterminio. Auschwitz era, para un investigador médico fanatizado y sin escrúpulos, el paraíso en la tierra. Los facultativos del Reich empezaron estudiando la esterilización en humanos. El fin no se le ocultaba a nadie: si se esterilizaba a los judíos se conjuraba para siempre la posibilidad de que su raza pudiese perpetuarse. Pero éste era un método excesivamente lento para los nazis, y pronto lo olvidaron.

En la primavera de 1943 fue destinado a Auschwitz un joven doctor de Baviera que terminaría por ligar su nombre al del campo: Josef Mengele. Mengele estaba obsesionado con la biología hereditaria; de hecho, era su especialidad científica. En el campo encontró lo que jamás hubiese soñado. Se apostaba, elegantemente vestido, a la llegada de los trenes y, con la fusta, seleccionaba niños. Quería gemelos –Zwillinge!, gritaba en los andenes–, para realizar todo tipo de experimentos. Su idea era conseguir la fórmula de los partos múltiples, para aumentar la natalidad en Alemania y llenar Europa de arios puros.

Con sus víctimas era desalmado y cruel: se estima que, en los momentos de más actividad, llegó a asesinar en su laboratorio a un promedio de 60 niños judíos diariamente. A pesar de la gravedad de sus crímenes, Mengele moriría con otra identidad, muchos años después, en Brasil. De un paro cardíaco. Mientras se bañaba en la playa. Un injusto y benigno final para uno de los mayores criminales del siglo XX.

Casi al tiempo que Mengele se incorporaba a las labores de investigación daba comienzo el periodo más mortífero de Auschwitz. En el verano de 1943 se concluyeron las obras de ampliación del complejo de Birkenau. Una fábrica de muerte perfectamente mecanizada. Se construyeron cuatro unidades combinadas de cámara de gas y crematorio, y una vía de tren con un área específica para el desembarco. La sistematización del asesinato en masa, el genocidio en estado puro. La historia humana ha sido pródiga en matanzas de toda índole, pero nunca se había hecho algo parecido a lo del sistema de campos de exterminio nazi; sistema que alcanzó su culminación en aquellos cuatro edificios de ladrillo de Birkenau. Las nuevas instalaciones fueron poniéndose en funcionamiento a lo largo de 1943, pero sería al año siguiente cuando alcanzarían el límite de su capacidad asesina.

En marzo de 1944 Hitler ordenó la invasión de Hungría. No tenía demasiado sentido hacerlo, en un momento en que Alemania se encontraba emparedada en varios frentes que consumían muchos más recursos de los que podía generar. Pero a esas alturas de la guerra la lógica militar de los nazis se había trocado en simple saqueo. Hungría se había mantenido casi al margen de la guerra, prestando un limitado apoyo a los alemanes en las campañas de Yugoslavia y Rusia. Poseía, además, una de las más grandes y prósperas comunidades judías del continente, y se encontraba intacta. Ése fue su drama. Poco después de ocuparlo, el teniente coronel de las SS Adolf Eichmann decretó la deportación de todos los judíos del país. Auschwitz fue el destino elegido.

El campo se encontraba en su plenitud. Los subcampos de trabajo operaban a pleno rendimiento, y la maquinaria de exterminio se encontraba en perfectas condiciones para recibir y liquidar sin demasiados contratiempos una avalancha que Himmler calculaba en medio millón de personas. Rudolf Höss, que había sido reintegrado a la dirección del campo tras una estancia en Berlín, volvió con ímpetus renovados. Ordenó construir otro crematorio y cavar fosas especiales para incinerar cadáveres. Estas fosas tenían peculiaridades que sólo asesinos consumados como Höss tomaban en cuenta: aparte de la profundidad adecuada para dar cabida a un gran número de cuerpos, se debían cavar zanjas de drenaje para el desagüe de la grasa humana, que posteriormente era reutilizada para avivar el fuego. Horripilante trabajo que estaba encomendado a los Sonderkommando, esas unidades formadas por judíos que se encargaban de todo el trabajo sucio de la matanza.

Las deportaciones comenzaron el 2 de mayo, y se interrumpieron, por decisión del presidente de Hungría, el 9 de julio. En poco más de dos meses fueron deportados a Auschwitz más de 400.000 judíos húngaros. Casi todos fueron ejecutados en las cámaras de gas. Otros murieron en los trenes, de hambre y sed, durante el largo viaje que les conducía al matadero. El procedimiento inventado en Treblinka se refinó y se hizo más efectivo. Al llegar a la rampa de Birkenau, los judíos eran separados por sexos y puestos en dos filas. Entonces, un oficial médico hacía una rápida selección. Los jóvenes y fuertes eran conducidos a Auschwitz I o a Monowitz, para morir trabajando; el resto, casi todas las mujeres, todos los niños y los pocos ancianos que habían llegado con vida, eran llevados a las cámaras. Se les obligaba a desnudarse y se les cortaba el pelo. Luego pasaban a la cámara, corriendo. En una secuencia perfectamente acompasada, los guardias introducían pastillas de Zyklon B por unos orificios practicados en la pared. Un minuto de gritos y el silencio. Los Sonderkommando se ponían en marcha, encendían los extractores y, con máscaras, comenzaban la labor de limpieza. Subían los cadáveres al horno con un montacargas. Si el crematorio no daba abasto, se sacaba los cuerpos al exterior para quemarlos en las fosas.

El trabajo de los Sonderkommando era tan denigrante e inhumano que muchos se volvían locos. Cada cierto tiempo eran asesinados y reemplazados, hasta que, en octubre de 1944, se produjo un motín. La guerra daba ya sus últimos jadeos, y los responsables de Auschwitz empezaron a pensar en la retirada. Pero primero había que deshacerse de todo vestigio del crimen sin nombre que habían perpetrado allí. Mandaron dinamitar los crematorios, y ordenaron a los moribundos prisioneros salir de los barracones y formar. Tenían que llevarse a los supervivientes para rematarlos tranquilamente en Alemania y evitar, así, que contasen al mundo lo que habían visto y padecido en aquel infierno. Los campos fueron vaciándose, y se organizaron columnas de prisioneros en marchas de la muerte que fueron aún más letales que el propio campo. El día de la liberación los soldados rusos entraron en algo más que un campo de concentración: entraron en el mayor patíbulo que haya conocido jamás la especie humana.

Entre los alambres de espino de Auschwitz-Birkenau murieron y fueron asesinadas 1.300.000 personas, de las cuales el 90% eran judías. Provenían de casi todos los países de Europa y hablaban una veintena de lenguas. Todas tenían nombre y apellidos, padre y madre, ilusiones y proyectos. Todas eran inocentes. Han pasado 60 años, tiempo suficiente como para que, en breve, desaparezcan los pocos supervivientes que quedan. Cuando ya no dispongamos de memoria viva de lo que ocurrió en Auschwitz, deberemos esforzarnos por transmitir a las generaciones venideras lo que las anteriores nos transmitieron a nosotros. Sólo así podremos estar seguros de que algo así no vuelva a repetirse. Nunca.
Ke este lugar, ande los nazis
eksterminaron un milyon
i medyo de ombres,
de mujeres i de kriaturas,
la mas parte djudyos
de varyos payizes de la Europa,
sea para syempre,
para la umanidad,
un grito de dezespero
i unas sinyales
(Inscripción en sefardí colocada en una placa del Auschwitz-Birkenau Memorial.)




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Publicado en la Biblioweb, con el permiso expreso del autor, el Yom HaShoa –Día de la Conmemoración del Holocausto– de 2006.

Este documento ha sido convertido desde LATEX por HEVEA para la Biblioweb.